El show debe continuar.

Estoy convencido que debemos tener a diario una misión: ser mejores que ayer. Una historia para ilustrar…

Para esos días me había inscrito en un taller de teatro, toda la vida me ha gustado el mundo de la actuación y, en mi época del colegio, siempre me ganaba los personajes principales en las obras que presentábamos. Sin embargo, había decidido hacer aquel taller para mejorar el histrión de mi corporalidad y seguir mejorando la capacidad de expresión en mis conferencias.

El taller tenía una duración de 3 semanas, y ya había pasado la primera, cuando nos pusieron a hacer algunos ejercicios en parejas. El trabajo de esa noche, era que uno debía hacer una acción repetitiva (bailar, saltar, cantar, correr, lo que fuese, sin parar) mientras que la otra persona debía reaccionar de manera genuina ante la acción del compañero (reír, aburrirse, detenerle, etc.). La profesora decidía en qué momento se detenía el ejercicio. 

Luego que varias parejas pasaran haciendo diferentes acciones, llegó mi turno con una compañera llamada, Laya. Ella hizo la acción repetida, que en este caso fue saltar sin parar. Nos pusimos cara a cara, a un metro de distancia, cuando la profesora dijo: “acción”, comenzó a saltar sin parar, mientras yo la observaba fijamente. Fue ahí cuando me tomé un segundo para analizar el panorama y tener el mejor resultado posible de este ejercicio, hasta el punto que la profesora se sensibilizara. 

Creo que no soy el mejor actor, pero tampoco soy tan malo. Si algo he aprendido en los últimos 5 años de mi vida, son habilidades sociales, especialmente a leer a las personas y a reconocer fortalezas y debilidades en sus caras. Ya tenía claro en mi cabeza qué debía hacer para influir en las emociones de Laya y hacer una escena más emocional.

Luego de permitir que saltara por aproximadamente un minuto sin parar, me le acerqué, mirándola a los ojos, le di un abrazo muy fraternal, cálido y prolongado, acompañado de las siguientes palabras al oído: “tranquila, descansa, descansa.” Un silencio absoluto se apoderó del taller, el abrazo continuó por unos segundos. Hasta que la estudiante más pequeña del salón, una niña de aproximadamente 10 años soltó una risa inocente y fuera de contexto que nos sacó a todos de ambiente y terminó el ejercicio. 

Cuando separé mi cuerpo de Laya, noté sus ojos llorosos, al igual que los de la profesora, que nos felicitó y pidió que nos sentáramos. Luego que todas las parejas pasaran a hacer sus ejercicios, hicimos una mesa redonda para analizarnos. Uno a uno cada estudiante comentó su sentir y reflexión del ejercicio. Cuando nos tocó el turno, a Laya y a mí de opinar, ella tomó la palabra y se expresó: “sentí que el abrazo de Jaime fue muy sincero, me trajo paz y calma. Me puso sentimental.” A lo que la profesora le agregó: “sí, es de los mejores ejercicios que he visto desde que soy maestra, reconozco que me llegó, y me humedeció los ojos.”

Por mi parte preferí guardar silencio, pues mi opinión del ejercicio era muy diferente al de ellas y no quería aniquilar el momento tan bonito que habían vivido. Así que, me quedé callado. Al final de la clase, cuando todos se habían ido me quedé a solas con la profesora, quien me reiteró sus felicidades por el ejercicio:

  • Buen trabajo muchacho, no cualquiera logra hacer que se me humedezcan los ojos.
  • Gracias, profesora.
  • Sabes, creo que tienes talento para esto. Dime, ¿por qué no opinaste sobre tu ejercicio? Por lo general eres más conversador.
  • Sí, pero en este caso preferí ser prudente.
  • ¿Pasó algo?
  • No, es solo que no quería dañar la ilusión.
  • ¿Ilusión? ¿cuál fue tu opinión del ejercicio? 
  • Opino que, Laya es una niña con un corazón muy delicado, sus ojos lo reflejan, al igual que la cicatriz que tiene en la mejilla. Esta cicatriz la llena de inseguridades. Está en la edad de los 19, una época de rebeldía, miedo y dudas. Tiene una personalidad sensible, pero quiere venderse como una chica dura. Si le sumamos todo lo anterior a que, su relación con los papás no es la mejor, un abrazo y palabras de aliento se vuelven un detonante de emociones.
  • Muy mal. Respondió la profesora molesta.
  • ¿Por qué está mal?
  • ¡No puedes manipular a tu compañero de escena, ni pensar tanto en la actuación!
  • ¿Por qué no? Si hace un rato dijo que era de los mejores ejercicios que había visto en sus clases. -Le respondí con amabilidad, pero siendo asertivo-. Ella guardó silencio por unos segundos sin saber qué responder.
  • Mañana hablamos con calma y te explico. -Dijo molesta e incómoda, como queriendo salir del paso-.
  • Está bien. -Respondí, para no incomodarla más-.

Nos despedimos y, por supuesto, al día siguiente no hablamos del tema, ni ningún otro día. Esa fue una de las lecciones más valiosas que aprendí sobre persuasión. Nunca permitas que la máscara caiga, no permitas que el truco se revele. Pues serás odiado. La gente odia sentirse manipulada. Así sea que hayan caído redondos. Si descubren que realmente no hubo magia y que todo fue calculado por conocimiento, el encanto habrá llegado a su fin.

Que esta sea la primera lección para tener en cuenta de este libro, si con conocimiento persuades a la gente, asegúrate de que nunca lo sepan. Porque terminarán odiando a quien los persuadió. 

 

Fragmento del libro Señuelos. Para leer más, click aquí.

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